Dedicado a
una persona
importante.
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Un motociclista esquiva autos en plena avenida principal para ahorrarse algunos segundos adicionales. El riesgo-beneficio que conlleva semejante maniobra debe ser ridículo para muchos, pero es el día a día de tantos más. La posibilidad de sufrir un accidente fatal no se puede pasar por alto, sin importar la pericia de quien conduce el aparato o su historial de buena conducta.
Legislaciones permiten un mayor límite de velocidad para promover la productividad, incrementando en el proceso la tasa de incidentes viales así como el número de muertes derivadas de estos. La productividad incrementa. La estrategia es considerada un éxito rotundo.
Una empresa de cobranza adquiere de un banco la deuda que alguien no ha pagado desde hace años, con la intención de esperar a que los intereses se inflen lo suficiente como para tomar acciones agresivas contra el moroso, aún si le arruina la vida en el proceso.
El secuestro, y posterior asesinato de miles es encubierto gracias a un gobierno que llegó a la conclusión de que estar en buenos términos con el crimen organizado reporta mayores beneficios que atender a las demandas de sus ciudadanos “bien portados”.
Otra guerra acaba con la vida de millones de inocentes.
Un nuevo producto que se ha demostrado cancerígeno o dañino de algún modo a largo plazo acaba en los anaqueles del mundo por cumplir regulaciones estipuladas por un gremio liderado por los altos rangos de las mismas empresas que elaboran dichos productos.
Otra novedosa IA arrasa con los titulares del mundo, despilfarrando en el proceso los recursos que emplea para operar los equipos de cómputo responsables de la magia detrás de escena, para el beneficio primordial de quien poseé el algoritmo ahora rebosante de información recibida voluntariamente por el público.
Otro millonario evade exitosamente la paga de impuestos con la ayuda de su equipo de contadores, administradores y abogados, incrementando a cada segundo la brecha que le separa de la clase trabajadora.
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Por supuesto que escuchamos hablar de todo esto y nos sentimos indignados. Pensamos o decimos en voz alta “¿Cómo puede alguien vivir con semejante peso en sus conciencias?” “En mi vida yo jamás sería capaz de cometer tales atrocidades”.
Pero permitidnos un momento de su tiempo para evaluar ese segundo comentario.
¿En verdad somos incapaces de patrocinar un genocidio, de contaminar el agua de millones, o encubrir otros crímenes contra la humanidad?
En lo personal, creemos que no.
Aunque nuestro mayor crimen sea quizás el hurtar algunos articulos de bajo costo en un supermercado, no podemos negar que hay decenas de infracciones mucho más severas que consideraríamos cometer de tener certeza de que saldríamos impunes.
Hay personas a quienes quisiéramos ver muertas, dado que según nuestro punto de vista, eso habría de mejorar nuestra vida de manera tal que los beneficios resultantes de ello compensarían con creces la pérdida causada por esas muertes.
Eso no suena muy distinto a lo ya enunciado en los primeros párrafos de esta publicación. Quizás la mayor diferencia radica en la escala de tales pensamientos, y en el hecho de que nosotros no contamos con los medios para hacer que se cumpla nuestra voluntad.
Y por el contrario, hay quienes no sólo tienen recursos de sobra, sino que han nacido con una mayor fortuna que la que nosotros podremos amasar en 10 vidas de trabajo duro. Ellos encuentran perfectamente natural el moldear las reglas del mundo para que se ajusten a sus caprichos.
Un joven siempre estaciona su auto en un área restringida, a lo cuál, un compañero le dice “oye, eso es ilegal”, pero el otro insiste en que está perfectamente bien, ya que “mi papá lo paga después”.
No es un comportamiento inhumano el deshumanizar a otros con tal de exterminarlos y mostrarnos indiferentes al malestar que les provocamos a ellos y a tantos otros como resultado secundario.
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Todo ser viviente es egoísta por naturaleza.
Ése es un principio con el cual entendemos el mundo. No es una verdad absoluta, ni tampoco es algo que consideramos todos deban interiorizar. Sólo deseamos explicarlo, como parte de este pequeño esfuerzo por entender el mundo y a los seres que lo habitamos.
Ningún ser viviente puede experimentar los sentimientos, sensaciones, ideales o pensamientos de alguien más. La empatía, incluso la más vívida sólo es una imitación que sucede en nuestro interior y tiene el objetivo de ayudarnos a aprender de la observación.
No lloramos y sentimos rabia porque hayan asesinado a nuestra mejor amiga, lloramos porque hemos perdido a alguien preciado para nosotros y sentimos rabia porque entendemos que el egoísmo de alguien más se antepuso al nuestro.
No se trata necesariamente de que querramos ser nosotros el banquero que se beneficia de dar créditos a gente que jamás acabará de pagar los intereses acumulados, pero el sólo hecho de estar consciente de la amenaza que supone para nosotros la existencia de tales negocios basta para detonar nuestras alarmas.
Incluso lo contrario. Ayudar a otros, desde hacer un cuantioso donativo a la beneficiencia, o dedicarle tiempo a escuchar los pesares de un amigo, son actos que a final de cuentas efectuamos por el beneficio que tiene para nosotros. Nos hace sentir bien ayudar a alguien más. Nos hace sentir bien que confien en nosotros. Nos hace sentir bien que los recursos que disponemos sean usados en beneficio de más personas (o de otros seres, conceptos, ideologías, etc). “Hoy por ti, mañana por mí”.
Si hoy nos negamos rotundamente a darle un centavo a esa persona suplicando por la más mínima ayuda a todo el que pasa, y luego ocupamos ese dinero en alguna golosina, no es porque seamos monstruos inhumanos que hemos perdido toda capacidad de empatizar con el prójimo, sino que somos otro ser humano que actúa con su propio beneficio como prioridad máxima (única), sólo que en este caso en particular, llegamos a la conclusión de que un dulce nos brinda mayor beneficio que ceder esa moneda a otra persona.
En cualquier otro día la decisión podría ser diferente.
Y según la persona, veremos una mayor inclinación por ciertas maneras de definir lo que resulta mejor para sí.
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Así mismo, puede ser que nos haga sentir mal el depender de otros. En ese caso, preferiremos el malestar que cargamos y que por experiencia, sabemos que no podremos combatir por nuestra cuenta, a reemplazar ese dolor con la culpa que nos habrá de carcomer si elegimos “arruinarle el día” a otra persona, en un acto “egoista” de nuestra parte, cuando en realidad cualquier camino que tomemos parte de una búsqueda por el beneficio propio (lo cual no es “mejor” o “peor” de ningún modo).
No es que seamos “muy empáticos” y no querramos importunar al otro, sino que nuestro balance mental de costo-beneficio indica que saldremos perdiendo en ese intercambio (pensar en los intereses del otro aquí es apenas un factor de la ecuación, mas no el resultado que buscamos).
¿Es correcto ese cálculo?
Pregunta equivocada.
No hay una respuesta “correcta” en todo esto. Más bien, tenemos un cálculo diferente con sus propias variables y respuestas únicas por cada ser viviente capaz de realizar tales procesos. Si crees tener la respuesta, también crees que nadie más la tiene.
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¿Vale la pena seguir viviendo? Alguien que defienda la idea de que no, dirá que el mayor beneficio posible radica en la eterna parsimonia de la no existencia, mientras que su detractor argumentará que el vacío infinito no se equipara al potencial que reside en cada vida humana, pero a final de cuentas ambas respuestas son válidas en cuanto que resultan del mismo cálculo efectuado con distintos valores, los cuales se encuentran en constante actualización y dependen de infinitos factores que escapan de nuestro control.

Las leyes y toda serie de reglas existen para mantener un orden allí donde su influencia se hace presente, y todo aquel que busca saltarse las reglas o tergiversarlas a su antojo no es más que alguien cuya calculadora interna indica que las normas en vigor no le benefician lo suficiente según una métrica única de dicha persona.
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¿Acaso estamos intentando justificar todo crimen y pecado imaginable, equiparándolo con ejemplos de actitudes inofensivas del día a día?
No. Apenas es una explicación lo que ofrecemos.
El cálculo determina los medios, mas no justifica nada (entiendiendo por “justificar” el acto de eximir de toda culpa a alguien que actúa con intenciones supuestamente loables, aun si en el proceso pisotea alguna que otra norma. “Quizá lo que hizo no es correcto, pero está justificado. Es justo”).
En ese sentido, incluso podríamos decir que nada está justificado, pues aquello que es “justo” no es más que un acuerdo más o menos aceptado por un grupo que busca mantener cierto equilibrio porque de alguna manera eso parece reportar los beneficios a los que aspiran, pero ni por asomo se trata de un balance perfecto o que beneficia a todos por igual, dada la imposibilidad inherente que trae el desear darle a todos lo que quieren, sin arrebatarle algo a tantos más en el proceso.
Y reiteramos, esto no es más que nuestro punto de vista.
Si esta información lleva a que concluyas que el mayor beneficio para tu vida radica en la paz mundial, para luego dedicar el resto de tu vida a alcanzar esa meta, adelante. Tendrás nuestro apoyo (en la medida que consideremos que nos beneficiará ayudarte).
Y si esta publicación despierta en ti la necesidad de arruinar la vida de todas y cada una de las personas que se crucen en tu camino, porque sólo eso es capaz de satisfacer los requisitos que tu calculadora interna determina necesarios para alcanzar tu bienestar, adelante. No cuentas con nuestro apoyo, y ojalá nunca debamos interactuar contigo, pero mientras no consideremos que tus actos interfieren con el cálculo de nuestro propio beneficio, tampoco buscaremos frenarte.
…
Entonces, ¿es posible configurar el algoritmo de otras personas para que su beneficio coincida con el nuestro?
Por supuesto.
A eso se le llama educación.
Hay quienes usan el término “lavado de cerebro” para ciertos tipos de educación. Manipulación y coherción llegan a compartir elementos también. Mentiras y estafas habitan el mismo ecosistema. La ingeniería social podría ser el mayor exponente conocido de todo esto.
Todo vale si tu propia configuración lo permite, y dicha configuración es producto de los parámetros que te fueron inculcados desde que saliste del vientre de tu madre, e incluso si son maleables (nada es perpetuo, el cambio es la única constante), es debatible qué tanto control tenemos de ello. En lo personal, nos cuesta creer en la existencia del libre albedrío, aunque en la práctica, creer o no en ello probablemente no altera el resultado (a final de cuentas, toda resolución podría incluso estar predestinada, si nos place llegar a esos extremos).
Es decir, aun si hoy estás a la cabeza de la jerarquía educativa, eso no significa que los parámetros que buscas instaurar para tu propio beneficio sean una invención tuya. Caray, puede que en realidad sean para beneficio de quien te precede, o quien estuvo en tu posición varias generaciones atrás. Si la voluntad de tus tatarabuelos es lo suficientemente fuerte, o se ha escondido en los recovecos del subconsciente familiar o cultural, tú podrías creer que tienes ideas y deseos propios, cuando en realidad se trata de los vestigios transmitidos por inercia a cada paso que damos.