Transparencia progresiva. 10° aniversario

Hace exactamente 10 años (y cinco días) realizamos la primera publicación en este blog. Dos años antes, compartimos un pronóstico improvisado y un tanto descabellado con una compañera de la universidad: “En el futuro viviré en la calle”.

El día de hoy, compartimos esa predicción con ustedes, porque incluso si parece un destino demasiado pesimista como para volverse realidad, es más plausible hoy que por aquel entonces.

¿Por qué sería eso, si tenemos una carrera decente y salud suficiente para seguir adelante por tiempo indefinido?

Verán, en palabras sencillas, tenemos una desconfianza cada vez mayor en todo el sistema político, financiero, laboral, tecnológico, social, familiar y demás. Como resultado de eso, cada día es un poco más fuerte nuestro deseo por abandonar esa inmensa telaraña. Seguimos allí anclados, pero cada tanto nos desprendemos otro poco.


Hace ya dos años abandonamos el trabajo formal, en parte por el agotamiento de aquellas jornadas y su ingrata recompensa, pero más importante, para no desgastar nuestro cuerpo en beneficio de una causa que abiertamente rechazamos.

Ahora vivimos una vida bastante austera, y, haciendo uso de ciertos “apoyos gubernamentales”, buscamos “recuperar” un poco de lo que hemos pagado al fisco con el paso de los años, mientras que realizamos pequeños trabajos informales para seguir a flote sin pasar por la recaudación de impuestos, y recortamos gastos a más no poder.

Así mismo, nuestro uso de redes sociales es cada vez menor. Usamos filtros y aplicaciones para que al navegar en internet, nuestra experiencia esté libre de ruido (publicidad, spam, ai‑slop), e incluso tenemos un pequeño “juego” que consiste en evitar consumir todo cuanto veamos anunciado, así sea una golosina, una película, un evento, o cualquier otra cosa que se pueda reemplazar u omitir completamente de nuestra vida.

Claro, en internet casi todo lo pirateamos (salvo casos excepcionales), e incluso hemos aprendido a robar algunas cosas del supermercado que visitamos muy de vez en cuando, para compensar los impuestos que también nos cobran allí.

Recién nos comentó un buen amigo (a quien conocimos a través de este blog) que ha estado aprendiendo técnicas de supervivencia por si eventualmente se ve orillado a vivir en su vehículo personal… lo cual nos hizo pensar que ese podría ser el siguiente paso para, esta vez, cortar lo que queda de los lazos familiares que también hemos querido cercenar desde mucho antes que todo lo aquí descrito (si bien, no tenemos automóvil, ni sabemos conducir).

Quién sabe…


Tal vez encontremos “el amor” un día de estos, y elijamos dar un giro de 180 grados hacia una estereotípica vida adulta como esclavo corporativo y padre ausente de tiempo completo.

Tal vez esa pequeña incomodidad que pasamos por alto desde hace un tiempo sea el síntoma de un mal que pronto asomará sus colmillos para arrebatarnos la vida de imprevisto.

Tal vez sigamos el camino de la lenta y monótona decadencia por el que aún se arrastan nuestros ancestros más cercanos.

Tal vez un día de estos nos gane el pensamiento intrusivo de saltar al vacío desde el punto más elevado y desprotegido al que podamos acceder.

Tal vez nos topemos con una oferta de trabajo milagrosa y hallamos un camino hacia una vida tan acomodada que nos haga replantear todos los principios que rigen nuestro camino desde hace tantos años.

No se sabe.

Por lo mientras, un objetivo claro que tenemos consiste en no apoyar a quienes despreciamos. El problema es tener a tantos de ellos ocupando posiciones de poder donde casi todo lo que hacemos indirectamente les reporta beneficios.

No queremos patrocinar del crimen, la guerra, la corrupción… pero cada centavo que pasa por nuestras manos está arraigado a la telaraña. No nos pertenece. Nada nos pertenece, salvo quizás lo poco que podemos acaparar con sumo recelo.


Claro, sería de lo más ingenuo pensar que para lograr un cambio a nivel global, basta con que un pobre diablo a mitad de la nada acapare una ración de las migajas del gobierno para evitar que éstas fluyan de vuelta a las arcas de la pútrida clase política.

Claro, sería como querer salvar el medio ambiente reduciendo nuestro tiempo en la ducha y usando vasos de cartón (laminado) mientras compañías multinacionales hacen tratos con el gobiernante de turno para extraer y contaminar sin límites los recursos de comunidades enteras.

Pero sin importar que nuestro aporte resulte minúsculo, procuraremos no desperdiciar el agua, y evitaremos a toda costa comprar los productos de aquellas compañías (o sus semejantes).

Dicen que es fácil aprender lo básico de economía y finanzas para elaborar un plan decente y vivir sin mayores complicaciones, pero el punto es que no deseamios estar involucrados en ese juego de Monópoli, donde nuestro bienestar sólo es posible mientras sigamos las reglas de los administradores que absorben un poco de todos y cada uno de los cientos de miles de millones de quienes participamos a la fuerza o hasta sin saberlo.

Simplemente no deseamos formar parte de ello. No queremos enmendarlo, no planeamos destruirlo, ni añoramos reconstruirlo. No buscamos adaptarnos o tan siquiera entenderlo. (¿Será eso lo que añora el contrincante? Un enorme desperdicio, de ser así)

Ingenuo, estúpido, ilógico, pernicioso. Quizás nuestro pensamiento es eso y más, lo cual está bien. No aspiramos a tener la razón. No intentamos persuadir a nadie para que siga nuestro ejemplo. Ahora mismo sólo queremos dejar registro de lo que pasa por nuestra mente, erróneo o acertado. Da igual.

Estamos seguros de que no somos los únicos que se experimentan semejante fatiga. Y sabemos que hay quienes han ido más allá que nosotros. Personas que ni siquiera se han molestado en dejar evidencia de su paso por el mundo (o de su renuncia al mismo). Ecos inaudibles de la historia reciente.


Para bien o para mal, día con día los comprendemos un poquito más, y quién sabe, puede que en otros diez o veinte años sepamos en carne propia lo que es vivir por completo al margen de la sociedad contemporánea.

Claro que, de ser así, es posible que no estemos aquí para reportar nuestros hallazgos. Serán nuestros y de nadie más. Nuestro último (y único) tesoro, el cual nos llevaremos intacto al otro lado (o mejor dicho, al vacío que anticipamos aquellos incapaces de creer que la muerte no es el final definitivo).

Mientras tanto, aquí estaremos. Hablando y escuchando, tal como hemos hecho desde el primer día.

Gracias por acompañarnos todo este tiempo.

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^ Toma un descanso