martes, 27 de marzo de 2018

Ruido existencial

Este blog cumplió su propósito básico: Documentar (con el pretexto de dar seguimiento a) el proceso de traducción de un juego muy poco popular. Ciertamente tenemos planes para llevar a cabo otros proyectos derivados de la traducción (sin contar que esta última puede mejorarse aún), pero antes de ponernos a trabajar en ellos (o en otras cosas que tenemos pendientes en nuestra vida), queríamos aprovechar para plantear una pregunta: ¿Y todo esto para qué?

Es decir, el tiempo y recursos empleados para darle vida a este pequeño blog con sus 2 visitas diarias (en promedio), ¿a dónde van? ¿qué bien harán en el futuro? ¿Cuán valiosos son?

Así de triste es el reino donde impera Lain, tan delicado entre más complejidad le agregamos. Un átomo es una unidad muy estable, ¡cuánta energía necesitamos los seres humanos para romper ese sencillo equilibro!, pero desconecta un cable por medio segundo, y toda la infraestructura de la red colapsará, con todos los daños colaterales implicados. ¿Cómo podemos vivir tan tranquilamente en un mundo donde nuestra vida entera depende tanto de un sistema tan endeble? ¿Cómo podemos dedicar tanto tiempo a volcar la obra de nuestra especie en un soporte tan vulnerable al paso del tiempo? La escritura misma nació como un medio para preservar nuestra memoria, aunque durante sus primeros años de vida, hubo quienes afirmaban que la escritura sólo perjudicaría la tradición oral que llevaba manteniendo en pie las civilizaciones desde siempre. ¿A caso volvemos a los tiempos en que para que algo trascienda las épocas, tendrá que protegerse con el mismo esfuerzo comunal de civilizaciones enteras dedicadas a preservar una o dos memorias importantes?

Y por si eso no fuera suficiente, al mismo tiempo también vivimos en la época en que la producción humana ha crecido (y sigue creciendo) a un nivel en el que somos incapaces de almacenarlo todo para analizarlo después. Tenemos que ser excesivamente selectivos tan sólo para elegir la información que habremos de consumir durante nuestro día a día. ¡Menuda época para ser un historiador!, hemos conocido algunos, y sin contar los esfuerzos que aún se realizan para descifrar los enigmas del pasado, ya no basta con estudiar los acontecimientos de hace siglos, sino que hay que estar al día en prácticamente todo para entender un poquito de lo que sucede en la vida diaria. ¿Cómo seremos capaces de sostener semejante nivel de complejidad con nuestros recursos?

¡Ya no podemos hacerlo! Dependemos tanto de la tecnología, que un minúsculo evento impredecible estropea hasta las funciones más básicas de nuestras comunidades. Aquí en México, en septiembre del año pasado (2017), un terremoto (cuyos daños materiales fueron serios, aunque sin llegar a considerarse catastróficos) puso en shock a miles durante días, semanas y meses (las secuelas hoy día aún se ven, y no todos pueden presumir de haber vuelto a su vida diaria). Por supuesto, el caos fue mayor en un principio, pero no vivimos en un mundo (o país), que pueda recuperarse del todo de esta clase de imprevistos naturales, incluso cuando objetivamente, estamos hablando de un evento cuya magnitud tampoco es la gran cosa.

¡Pero aquí seguimos!, confiando en nuestros trenes, computadoras, agricultura, comunicaciones… Seguimos confiando (dependiendo) de nuestras creaciones porque no hay marcha atrás. ¿Algún día la hubo siquiera?

¡Pero aquí seguimos!, dejando nuestra huellita digital en el inmenso páramo de la internet, donde una vez en un billón (o menos), alguien se topará con nuestra obra, con nuestras palabras, con nuestros mensajes. Famosos e influyentes tienen mucho de qué presumir, y vaya que lo hacen. ¿Para eso queremos semejante sistema? ¿Para albergar a unos cuantos expertos del clickbait y ciberestrellas que acaparan la atención del mundo entero en su insignificante vida? Nosotros no somos precisamente más importantes, pero un poco de inconformidad debe existir en este mundo.

¡Y aquí seguimos!, pugnando por que alguien reciba nuestros mensajes, por que alguien halle interés en nuestras ideas…

Ciertamente Lain ha conseguido algo impresionante, con sus mensajes opacos e incomprensible presentación, pero con una suerte sin igual. Llegó en el momento justo, del autor ideal, del irrepetible equipo creador, en el formato apropiado… ¡Hace veinte años!, y hoy, con sus desperfectos y su (relativamente) baja popularidad, aquí nos tiene nuevamente, reflexionando sobre las consecuencias del mundo cibernético en nuestras vidas y el miedo que genera aceptar una existencia volcada por completo en esta red, donde las probabilidades de seguir en pie son tan bajas que realmente pocos pueden permitirse considerar siquiera la posibilidad, pero ni uno sólo de ellos tiene garantía alguna de que su desmesurada fama durará siquiera durante lo que le resta de vida.

Y aquí seguimos, preguntando por la utilidad de nuestra obra, por la utilidad de nuestro esfuerzo, y sobre la pertinencia de nuestra existencia en este mundo indiferente ante la humanidad que rechazó su origen para crear su propia pseudonaturaleza de la que ya no se puede separar.

Y aquí seguimos, esperando una respuesta que sabemos no llegará, enunciando los misterios de la sociedad contemporánea, cuya resolución sólo llegará una vez nos hayamos ido a donde quiera que se dirijan nuestras almas, lejos de las respuestas que no podremos alcanzar en vida.

Y aquí seguimos, hasta que simplemente nos vayamos, lo cual, en el mejor de los casos, tardará todavía un poco.

¡Y aquí seguimos, hasta que ya no!


¿Qué mejor evocación gráfica de todas estas ideas que una pieza de glitch art? Una imagen o video es pasado por un filtro que agrega ruido visual, generando una nueva imagen, pero estropeando para siempre la original, sacrificando información por el bien de la creación misma, del cambio, de la transformación imparable, pasando por alto cualquier cuidado que se pueda tener para obtener un "buen" resultado, dejándole el trabajo al azar, a algunos algoritmos predefinidos. ¿Y qué obtenemos? ¡Más y más ruido!, hasta que ya no tengamos lugar donde colocarlo, hasta que empecemos a desechar por accidente los originales, pues organizar y catalogar semejante cantidad de información es una tarea que ni nuestras mejores máquinas podrán hacer con la destreza necesaria para evitar errores de toda clase.

Eso somos al final del día, ruido. Del ruido venimos y a él volveremos.


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Notas. Esperemos que aunque sea, Lain, como registro de la época en que vivimos, sea evidencia suficiente de la existencia de nosotros, quienes hoy día nos dedicamos a preservar su memoria como si fuera la nuestra, y de todos aquellos que de una u otra manera, se identifican con las ideas representadas por tan importante obra de la animación japonesa.