martes, 17 de septiembre de 2019

Desvaríos de madrugada

—No te preocupes, estás haciendo lo mejor que puedes, y eso basta.

—¿En serio? Desvelados aquí a las 3am, aislados del mundo, refugiados en decenas de memes y no pocas masturbaciones casi consecutivas… ¿eso es “bueno”? ¿Es bueno pasar horas pensando en lo maravilloso que sería alcanzar el punto de quiebre en el que sólo seremos capaces de mandar todo al carajo, explotar en un arranque de ira, destrozarlo todo sin pensar en las consecuencias, y dejarnos llevar por el peso de aquellas estúpidas acciones que día a día se nos muestran tentadoras…?

Pero claro, eso no pasará… Aprendimos a tragarnos el dolor, la frustración, la incertidumbre y los impulsos de todo tipo. Nunca haremos daño a otro ser humano (o al menos no en el futuro cercano). No somos capaces de algo así (quitando el hecho de que seguimos hiriendo gente sin siquiera saberlo), antes que eso, acabarémonos tragando la desdicha que queremos causar al prójimo, a manera de una pesada culpa inculcada con los años. “Pensar en eso es malo, aunque no lo hagas, la intención es lo que cuenta, por eso ya te mereces un castigo”, pero sin nadie que conozca de aquel pecado, la flagelación corre por cuenta propia. ¿Te suena familiar?

Pero también nos preocupamos por el bienestar de nuestros amigos, por ayudar a nuestros camaradas, por darlo todo en nuestro trabajo, y no decepcionar a quienes nos importan.

Pero también estamos confundidos con los ya típicos problemas existenciales, tan típicos que su sola mención ya suena a cliché barato, excusa pobre y explicación mediocre. Justificación mágica sin valor alguno, explorada sin cesar en cada momento de duda en el que nada parece tener sentido, razón, propósito, utilidad, beneficio o significado.

Y luego está aquello…

—No te preocupes, estás haciendo lo mejor que puedes, y eso basta.

—Las herramientas equivocadas, la técnica mal aprendida, el material inapropiado, las condiciones, en general, desfavorables; y aún así, no queda más que seguir adelante, porque no sabemos hacer otra cosa. Algún pequeño goce ocasional, y poco más aquí y allá. Esos pequeños momentos serán toda la recompensa por el arduo trabajo de años, minúsculos recuerdos que ni siquiera durarán tanto como para atesorarlos apropiadamente. Aprendimos a desechar rápido y tomar algo nuevo para seguir en movimiento, y poco a poco la memoria va empeorando hasta que olvidas cómo llegaste a dónde estás, o a dónde esperabas llegar tras tantos años, asumiendo que algún día hayas tenido una meta en primer lugar.

(Luego recuerdas que ni siquiera eres un anciano, y que tus problemas suenan ridículos para alguien cde tu edad… O al menos, eso es lo que aprendiste, lo cual también puede ser un error)

Ahora podrías preguntarle a alguien qué ha pasado, pero quienes te conocían en aquel entonces, ahora se hallan tan distantes que no hay manera de encontrarlos, o al menos, nadie sabe cómo tender ese puente que se vino abajo sin que nadie lo notara.

¿Siquiera había un pasado que rememorar? Da lo mismo a estas alturas.

Sólo te queda avanzar como bien puedas.

Caminando.
Corriendo.
Arrastrándote.
Gateando.
Pataleando.
Saltando.
O dejando que alguien te arrastre a donde le sea beneficioso.
Quedándote quieto hasta que por pura incomodidad o aburrimiento decidas cambiar de posición o retomar el viejo camino hacia ninguna parte.

Y aún así… Está bien. Ya estás haciendo lo mejor que puedes. Por mucho que envidies a quien parece lograr proesas inalcanzables para alguien como tú, nada va a cambiar en tu interior. ¡Cuán paradójico el argumento de que el cambio está dentro de cada quien, cuando la muralla que frena al individuo se encuentra precisamente ahí dentro, y la razón de su impenetrabilidad radica en las ya citadas herramientas erroneas, mala técnica y materiales terribles de que dispone el individuo! ¿Cómo se espera que se atraviese la pared reforzada durante años desde afuera, con una espada blanda desde adentro? Más fácil sería usar las uñas, pero también aprendimos la impaciencia, que nos impide emprender una tarea que exige la perseverancia, constancia, y resolución que jamás hemos siquiera entendido como concepto.

Etcétera etcétera.

¡Y aún así, hacemos lo mejor que podemos!, incluso si eso no es más que “evitar hacer lo peor que se nos pasa por la mente”, con esa actitud de “al menos evitaré darle problemas al resto”, incluso si semejante actitud nos parece repugnante, insultante, lamentable, vergonzosa… Aún así, es lo mejor que podemos hacer hoy.

Mañana será diferente.

No es la primera ni la última vez que pasa. Quizá algún día llege ese punto de quiebre, pero eso ya lo veremos en su momento.

La mayoría del tiempo es cuando menos soportable. Es lo mejor que siempre hemos tenido (o al menos, eso es lo que recordamos en este instante).

Curiosamente, cuando todo parece marchar bien, no sentimos la necesidad de gritarlo al mundo, sino simplemente vivirlo. Aprovecharlo, antes de pasar a olvidarlo…

Sólo es un ciclo, y en este instante, la rueda parece estar en una posición baja. Eso es todo. Sigamos adelante. Cada quien a su modo.

Cualquier agregado sería mera reiteración, aunque probablemente esta publicación entera ya es muy parecida a algún texto anterior de hace meses o años atrás.

Hoy tampoco hay nada nuevo bajo el sol, y no hace falta ver el cielo para saberlo.

Hasta pronto.